En la noche final de agosto, Lionel Messi publicó en Instagram una carta manuscrita que sacudió al mundo del fútbol. Aunque el texto no era largo, cada frase transmitía unas palabras sinceras, compartidas solo después de una reflexión prolongada y profunda.

Señaló que, tras la derrota en la final del Mundial de 2026, lo había meditado durante mucho tiempo y finalmente había decidido retirarse de la selección de Argentina. En la carta escribió: “Esta es una decisión que me rompe el corazón, y que todavía hoy me duele. Juro que siempre lo di todo, no solo en estos últimos años en los que lo ganamos todo, sino también mucho antes. Luché sin reservas por esta camiseta de la Albiceleste, para llevarles alegría a través del fútbol y para que se sintieran orgullosos de ser argentinos.”
Sin embargo, “me he vaciado por completo y no me queda nada por dar”.
Al final de esta carta manuscrita, añadió una frase de cierre: “Estas palabras fueron escritas el 21 de julio, dos días después de la final. Y hoy, tras lo ocurrido con mi padre, estoy aún más seguro de ello que antes”.
En realidad, todos podemos entender por qué Messi tomó una decisión así en este momento. Este verano ya había perdido demasiado: primero llevó a Argentina hasta la final del Mundial de 2026 para luego caer ante España, y después, el 8 de agosto, falleció su padre, Jorge, a los 68 años.
La razón por la que Messi esperó hasta el último día de agosto para anunciar su retirada internacional quizá fue darse tiempo para procesarlo todo primero, antes de contárselo al mundo con la mayor calma posible y prepararse para lo que pudiera venir después.
De 2005 a 2026, la camiseta de la Albiceleste fue vestida por Messi durante 21 años, y en este momento por fin se despidió de ella.
Una roja y tragarse la derrota desde el banquillo: el comienzo
La historia de Messi y esta camiseta de la Albiceleste quizá empieza en Budapest.
El 17 de agosto de 2005, un Messi de 18 años se enfundó por primera vez la camiseta de la selección argentina. Entonces llevaba el pelo largo, tenía una figura delgada y acababa de empezar a despuntar en el Barcelona. En el partido ante Hungría, Messi entró como suplente en la segunda parte. Cuando todos esperaban un debut internacional brillante del joven prodigio, Messi les dio un giro inesperado: apenas unos segundos después de saltar al campo, golpeó a un rival con el codo en un choque y el árbitro le mostró la tarjeta roja directa.

Y así, el debut internacional de Messi terminó de forma abrupta y sin brillo.
Si alguien hubiera insinuado entonces que aquel adolescente expulsado a los pocos segundos de su estreno acabaría jugando 207 partidos con Argentina, marcando 125 goles, disputando seis Mundiales y levantando la Copa del Mundo por encima de su cabeza como capitán, prácticamente ningún aficionado lo habría creído. Sin embargo, todo lo que ocurrió después no hizo sino reforzar la convicción: Messi era el nuevo Diego Maradona de Argentina.
En el Mundial de 2006 en Alemania, un Messi de 19 años fue convocado para la selección. Aunque figuras consolidadas como Juan Román Riquelme, Hernán Crespo y Carlos Tevez eran los protagonistas de Argentina en aquel momento, Messi salió desde el banquillo en el minuto 74 ante Serbia y Montenegro para asistir a Crespo cuatro minutos después y, 14 minutos más tarde, marcar con una definición serena. En menos de 20 minutos sobre el césped, con un gol y una asistencia, Messi captó por primera vez la atención del mundo en el escenario internacional, dejando claro para todos que era el abanderado del futuro de la Albiceleste.

Por desgracia, Argentina fue eliminada en cuartos de final por Alemania en la tanda de penaltis de aquel torneo, con Messi viendo todo el encuentro desde el banquillo.
No obstante, la semilla de la esperanza ya había sido plantada con firmeza. Con solo 19 años, hizo creer a todos que su futuro con la camiseta de la Albiceleste no tenía límites.
Seis años de lucha: las horas más oscuras con la selección
Cuatro años después, en el Mundial de Sudáfrica, Messi ya se había convertido en una superestrella mundial en el Barcelona, y con Diego Maradona al mando, las expectativas sobre Argentina alcanzaron su punto máximo. Sin embargo, este torneo se convirtió en la única Copa del Mundo de la carrera de Messi en la que no marcó, firmando cero goles en cinco partidos mientras Argentina era desmontada por Alemania con un 4-0 en cuartos de final.
En los campos de Sudáfrica, Messi retrasaba constantemente su posición para recibir el balón, avanzar, rematar y arrastrar a los defensores, realizando un trabajo enorme, pero el toque final decisivo siempre se le escapaba. En el Barcelona, Xavi, Andrés Iniesta y Sergio Busquets le allanaban cada camino hacia delante; pero con la selección, Messi se vio arrojado al problema de cargar con el equipo como único referente, obligado a crear todo desde cero con sus propias manos. Sin embargo, a los críticos les importó poco el contexto táctico: cinco partidos sin marcar llevaron a muchos a cuestionar a Messi, afirmando que no era lo bastante “argentino”, criticándole por haberse ido a España tan joven, alegando que carecía de pasión al hablar y señalando su costumbre de mirar al suelo en la derrota. Todo el peso de los fracasos del equipo recayó de lleno sobre sus hombros.

Pasaron otros cuatro años. Esta vez en Brasil, en pleno continente sudamericano, Messi pisó por primera vez el césped de una final de Mundial.
Durante la fase de grupos, marcó cuatro goles decisivos. En los octavos de final ante Suiza, asistió a Ángel Di María en el gol de la prórroga; su golazo en el tiempo añadido ante Irán y su doblete frente a Nigeria siguen siendo momentos icónicos recordados con cariño por los aficionados. Puede decirse, sin exagerar, que en aquel torneo Messi llevó a Argentina a la final con puro brillo individual.
La final se disputó en el Maracaná, y alrededor de 100.000 aficionados argentinos viajaron a Río de Janeiro en aquel día fatídico. Si no hubiera sido por el gol de Mario Götze en la prórroga, Messi habría alcanzado la inmortalidad futbolística a los 27 años. Pero la realidad fue cruel: el tanto de Götze le negó a Messi la posibilidad de levantar la Copa del Mundo en suelo sudamericano, y la imagen de él mirando con nostalgia el trofeo al pasar junto a él se convirtió en una de las escenas más desgarradoras de la historia del fútbol. Aunque recibió el Balón de Oro del torneo, no encontró consuelo en ello, porque el premio que realmente anhelaba había estado muy cerca, pero seguía estando a años luz.

Más tarde, Messi comentó: “Puede que nunca tengamos una oportunidad tan buena como esta para ganarlo en toda nuestra vida”.
Años después, seguía recordando cómo se despertaba en plena noche, atormentado por el recuerdo de aquella derrota en la final, incapaz de dormir.
En la final de la Copa América de 2015, Argentina perdió ante Chile.
En la final de la Copa América Centenario de 2016, Argentina volvió a caer ante Chile.
Esta vez, Messi falló su penalti en la tanda. Entre lágrimas después del partido, pronunció las palabras que sacudieron al mundo del fútbol: se retiraba de la selección.
Regreso a la selección: convertirse en el verdadero líder
En aquel momento, Messi solo tenía 29 años. En el Barcelona, lo había ganado absolutamente todo: Balones de Oro, títulos de Champions League y Ligas. Sin embargo, con la selección argentina, lo único que recibía era una pregunta recurrente y punzante: ¿por qué no puedes traerle un título a Argentina como hizo Maradona?
El propio Maradona comentó en una ocasión que Messi carecía de personalidad y del carácter necesario para ser un verdadero líder. Fue una crítica sorprendente, dado que Maradona debería haber sido la persona que mejor entendía el enorme peso que soportaba Messi, y aun así emitió una valoración tan dura.
No obstante, la despedida de Messi de la selección duró apenas 47 días.
Finalmente, Messi regresó. Pese a las cicatrices, nunca pudo abandonar a su querida Albiceleste.
Ante la elección entre luchar o marcharse, el primer instinto de Messi había sido apartarse y volver a centrarse en su club, donde el Camp Nou le ofrecía más felicidad y mucho menos sufrimiento. Pero la respuesta que terminó dando fue seguir peleando, porque la voz más profunda de su corazón le decía que la celeste y blanca nunca podían ser abandonadas. Quizá fue desde ese mismo momento cuando Messi redefinió su papel en la selección argentina, convirtiendo la gloria internacional en su obsesión definitiva.
En 2018, en Rusia, Messi fue el capitán del equipo, pero las cosas no salieron como se habían imaginado. Tras una fase de clasificación complicada, el equipo sufrió indecisiones tácticas, cambios constantes en el once y un ambiente tenso en el vestuario. Además, los rivales llevaban años analizando a Messi, ideando estrategias para rodearlo y neutralizarlo. En consecuencia, el torneo resultó extraordinariamente duro tanto para Messi como para Argentina.

En el debut ante Islandia, Messi falló un penalti; en el segundo partido ante Croacia, Argentina sufrió una durísima derrota por 0-3. Por suerte, en el último choque de la fase de grupos ante Nigeria, Messi bajó con el muslo un balón largo, lo controló con el pie y marcó un gol espléndido para arrastrar al equipo a los octavos de final. Sin embargo, tras agotar su fortuna, Argentina se topó en octavos con la eventual campeona, Francia . Aunque Messi dio dos asistencias, el deslumbrante joven Kylian Mbappé acaparó el protagonismo y puso fin al camino de Argentina.
Tras ese partido, muchos declararon que el relevo ya se había producido, que cada época tiene a sus campeones y que había llegado el tiempo de Mbappé.
Pero Messi se negó a resignarse al destino. No tenía intención de entregar su legado sin pelear: quería intentarlo una vez más.
El sueño hecho realidad en Catar
Cuatro años después, en Catar, Messi por fin cumplió su sueño.
Llevó al equipo hasta el final y, finalmente, levantó la Copa del Mundo que el pueblo argentino había esperado durante 36 años en el estadio de Lusail. Para Messi, el recorrido desde aquella expulsión a los pocos segundos de su debut en 2005 hasta alzar el Mundial en Catar duró 17 años de enorme esfuerzo. En ese momento glorioso, rió, lloró, abrazó a sus compañeros y besó el trofeo. El hombre al que una vez cuestionaron por no ser “lo bastante argentino” había cargado a Argentina sobre sus hombros hasta lo más alto, levantando por encima de su cabeza a la nación y al Mundial.

La Copa América 2021, el Mundial 2022 y la Copa América 2024 —tres grandes títulos internacionales consecutivos— borraron por completo las sombras del pasado internacional de Messi, eclipsando años de dolor con triunfos absolutos.
El Mundial de 2026: un torneo que casi perteneció a Messi
Avanzamos hasta 2026, y un Messi de 39 años disputó su sexto Mundial con Argentina.
Aunque pocos tenían grandes expectativas para un veterano de 39 años, y muchos asumían que el Mundial de 2026 sería el escenario de coronación de la nueva generación liderada por Erling Haaland y Kylian Mbappé, Messi demostró al mundo que incluso los veteranos de 38 años pueden ser tan fuertes como los jugadores jóvenes. En el partido inaugural ante Argelia, Messi firmó un sensacional hat-trick —el primero de su carrera en un Mundial—, igualando el récord histórico de goles en Copas del Mundo de Miroslav Klose y convirtiéndose en el jugador de mayor edad en lograr un hat-trick en la historia del torneo.
A lo largo de ocho partidos mundialistas aquel verano, Messi registró ocho goles y cuatro asistencias, liderando las estadísticas en tiros, regates completados y ocasiones creadas. En la lucha por la Bota de Oro terminó justo por detrás de Mbappé, y en la votación del Balón de Oro solo fue superado por Rodri.
En cuartos de final, Argentina sobrevivió a un durísimo partido que se fue a la prórroga. En la semifinal ante Inglaterra, con Argentina perdiendo 0-1, Messi tomó el control total del encuentro como si hubiera despertado de golpe, lo que llevó a Thierry Henry a maravillarse desde la cabina de comentarios: "Si miras sus ojos, ves que accionó un interruptor. Empezó a pedir el balón, a regatear a casi todos e intentó cambiar el partido". Finalmente, Messi asistió a Enzo Fernández y Lautaro Martínez para sellar una remontada dramática.

Después llegó la final en el MetLife Stadium ante España. Argentina solo consiguió dos disparos en 120 minutos, uno de ellos de Messi, que fue bloqueado. Ferran Torres marcó el gol decisivo en el minuto 106, negándole a Argentina la posibilidad de defender el título con éxito. Messi lloró al recibir la medalla de subcampeón, sabiendo perfectamente que aquel había sido su último partido en un Mundial.
Cuando abandonó el campo, cada uno de sus pasos estaba cargado de tristeza.
Después de la despedida: elegir irse en la cima
Pasó más de un mes procesándolo todo en soledad, durante el cual también sufrió el dolor de perder a su padre. Entonces, finalmente, pronunció esas palabras definitivas.
207 partidos, 125 goles, 68 asistencias.
Máximo goleador, máximo asistente y jugador con más partidos en la historia de Argentina.
Más partidos en la historia de los Mundiales (34 encuentros), más asistencias (12) y más contribuciones directas de gol (33). Seis participaciones en Mundiales, empatado con Cristiano Ronaldo como el jugador con más presencias en la historia.
Un título mundial, dos subcampeonatos en Copas del Mundo. Dos Copas América, una Finalissima y una medalla de oro olímpica. Dos Balones de Oro del Mundial (2014 y 2022), convirtiéndose en el único jugador de la historia en ganarlo dos veces. Ocho Balones de Oro, el máximo histórico.
Aunque los registros estadísticos acabarán siendo reescritos por futuras generaciones, Messi nunca persiguió los números. Como escribió en su carta de despedida, su mayor aspiración siempre fue llevar alegría al pueblo argentino y hacer que todos se sintieran orgullosos de la selección. Entregó todo lo que tenía a ese equipo, y detrás de él queda una generación de jóvenes talentos que merecen sus propias oportunidades. A partir de ahora, apoyará al equipo desde fuera como cualquier argentino más: celebrando con ellos las victorias y estando a su lado en las derrotas.
Por eso, lo que Messi realmente aprecia y de lo que más le cuesta despedirse no son los récords, sino la camiseta de la Albiceleste que lo acompañó durante 21 años.
Desde aquella desconcertante tarjeta roja en Budapest en 2005 hasta aquella dolorosa derrota en la prórroga en Nueva York en 2026, han pasado veintiún años. Pasó de ser un adolescente atónito expulsado en su debut a convertirse en un monumento imborrable en la historia del fútbol argentino.

Sufrió derrotas, derramó lágrimas, anunció su marcha y regresó. Fue cuestionado por los aficionados argentinos y también alzado sobre sus hombros en la victoria.
Dijo que, al marcharse, su corazón está en paz y lleno de orgullo, porque junto a sus compañeros regaló al pueblo argentino momentos que alguna vez solo se atrevieron a soñar.
Al final de ese capítulo, escribió: “Gracias a Dios por haberme hecho argentino”.
Y para honrar esa única frase, entregó veintiún años de su vida, vaciándose al final por completo.




